LA ÚLTIMA VEZ

by - agosto 31, 2018



«Tengo una enfermedad terminal... estoy muriendo» debió decirlo en cuanto lo vio. ¡No! Debió decirlo mucho antes, cuando le llamó por teléfono para que se encontraran, o quizá cuando se enteró de su condición. Sin embargo, decirlo ahora arruinaría el perfecto día que estaba deseando. Definitivamente, no lo diría.

—Está será la última vez, ¿cierto? —preguntó un joven tan ansioso que se sentía a punto de vomitar—, después de esto no habrá más, ¿verdad?

Ella asintió con una sonrisa que no terminaba de convencer al otro. Algo había detrás de ese gesto, por eso él seguía reacio a aceptar la petición de su ex novia de pasar una última vez con ella.


—Por favor —pidió ella y él no supo a qué hora accedió. 

El simple hecho de que la arrogante Thalía pidiera algo por favor le sacó del mundo por milésimas de segundo, tiempo que la parte de su inconsciente que aún amaba a esa chica usó en favor de esa tímida sonrisa que adoraba.  

—Vamos —pidió Jorge extendiendo la mano, provocando que la sonrisa de la chica creciera enorme y se metiera en su corazón.

«Si es la última vez hagámoslo bien» pensó el chico y llevó los dedos de la mano que atrapó hasta sus labios, para depositar en ellos un delicado y tierno beso.

Thalía se sorprendió, luego sonrió en serio agradecida por la ternura que de nuevo él dejaba brillar en sus ojos al mirarla. Esa ternura que ella misma se había encargado de desaparecer con el tiempo que pasaron juntos.

Jorge sonrió en respuesta y, sin soltar su mano, caminó por la orilla de ese fresco río que los vio crecer, amarse y odiarse también.

»Fue inesperada —dijo el joven devolviendo al mundo a la chica. Desde que comenzaron a andar la castaña se había perdido en un mundo de recuerdos entre brillantes y dolorosos. Tantas vivencias le dejaban un agridulce sabor de boca—, tu llamada, digo.

Thalía sonrió clavando sus ojos moka en las perlas azules que eran los ojos del joven rubio.

—A veces me pega lalo —dijo y no pudo evitar una risa que terminó en una seria amenaza de llanto.

—¿Qué pasa? —preguntó Jorge viendo como los labios de la chica temblaban mientras los apretaba fuertemente.

La castaña tragó saliva y respiró hondo, luego sopló lento el aire de sus pulmones y sonrió de nuevo, tan apagado como la primera vez que le sonrió ese día.

—Recuerdos —musitó volviendo a ahogar su sonrisa en saladas lágrimas—, muchos hermosos recuerdos.

El rubio no dijo nada, apretó con fuerza la mano de la joven y respiró profundo antes de volver a andar.

—¿Quieres una cita divertida o una agradable? —preguntó el joven haciendo como que la que le seguía no sollozaba.

—Quiero una cita cansada —dijo ella después de sorber la nariz por centésima vez—. Vamos a todos los lados que tienen un recuerdo nuestro.

Jorge miró a la chica, sus ojos rojos e hinchados le llenaron de ternura, igual que su voz nasal.

—Hagamos eso —dijo él y ambos sonrieron, entonces comenzaron a andar hasta llegar a la cima del puente unos metros adelante de ellos.

»La primera vez que llegamos a este puente encajaste tus uñas tan fuerte en mis brazos que esa noche tuve fiebre por las heridas —comentó el chico mirando abajo, sintiendo como las manos de Thalía hacían una fuerte presión en su brazo.

—Nunca me enteré de eso —comentó la chica cuyas piernas temblaban con fuerza.

—¿Qué tan patético debía ser para contarte algo así? —preguntó Jorge volviendo la mirada a la chica que miraba sus propias manos—. En cambio, yo me enteré ese día algo que nunca dijiste. Le temes a las alturas, ¿no?

—Yo no le tengo miedo a las alturas —refutó la de ojos oscuros y el joven rió con fuerza—. Lo que me da miedo es caerme de tan alto. Los puentes son muy peligrosos. Corramos pronto a la otra orilla.

La infantil petición de la joven fue tan tierna que Jorge no pudo negarse, así que la arrastró consigo hasta el lado contrario al que habían subido en ese puente. En el camino ella susurró algo que el otro fingió no escuchar. 

—¿Quieres que nos sentemos en ese parque?, esa banca me trae muy buenos recuerdos —soltó en tono picarón el joven y la chica sonrió negando con la cabeza.

—No quiero que nos sentemos en ninguna parte, no le demos mucho tiempo a cada recuerdo, de esa manera lograremos recordar muchas cosas más.

—Fuimos novios por ocho años, no recolectaremos todos los recuerdos en un día, ¿sabes?

—Pero hoy es la última vez, hagamos todo lo posible, ¿sí?

Jorge miró a la chica, confundido, tan confundido que ni siquiera se atrevía a buscar una posible razón a tan inusual petición.

—De acuerdo —dijo él asintiendo de nuevo a la petición de una a la que había prometido no darle nada, pero la había amado demasiado, y en parte necesitaba cerciorarse de que para ella ocho años no solo habían sido un juego, por eso accedió a verla y a pasar un cansado día con ella.

Jorge y Thalía volvieron a caminar, atravesando un parque que hacía mucho ninguno de los dos caminaba.

—Esa cafetería siempre será mi favorita —informó la joven mirando un local en el que habían pasado, al menos, el setenta por ciento de sus citas.

Thalía suspiró y sonrió levemente, deteniendo la invitación a un café y un pie de queso que le nacía a su exnovio. Jorge también sonrió con melancolía y caminó con la chica de la mano.

—¿Quieres subir? —preguntó Jorge divertido a la chica cuando se detuvieron al pie de una enorme escalinata que llegaba a un mirador que les permitía apreciar toda la ciudad. Thalía abrió los ojos enormes y repasó de arriba abajo los trecientos escalones que le robaron el aire cada que subió a ese lugar.

—¿Hicimos algo importante allá arriba? —preguntó la joven que se cansaba de solo ver la empinada.

—Jadeamos fuertemente un par de veces —susurró el joven rubio al oído de la chica que perdió la sensación de escalofrío cuando la risa le ganó.

—Solo porque no podíamos respirar después de subir todo eso —dijo entre risas ella y el otro también se rió—. Eso tomaría mucho tiempo, mejor no lo hagamos.

—Como quieras —dijo el joven cuyo corazón se desbocaba, parecía que había terminado la escalinata ida y vuelta, eso le provocó la risa de ella.

«¿Aún te amo?» se preguntó el joven perdido en el rostro sonriente de ella y se negó a responder esa pregunta. Era tonto saberlo ahora, no debía considerarlo después de todo el dolor y el daño que ella le provocó. 

Caminaron bajo la arboleda en completo silencio, embobados en el paisaje y en nostálgicos recuerdos, perdidos en hermosas historias que creyeron no sucederían nunca más.

—El gato pinto de esa casa murió hace medio año —informó la chica apuntando al pórtico de una casa que les vio jugar con el bicho.

—Lo sé —confesó él—, dos meses después de que muriera su dueña.

—Fui al funeral de la abuela… los funerales son tristes —señaló ella dejando que la sombra de la pena se apoderara, de nuevo, de su rostro.

—Lo sé —dijo el joven—. Te vi, pero había mucha gente, y estabas distraída, por eso no me viste aun cuando caminé detrás de ti todo el tiempo.

—Perdón —se lamentó la chica—. Por hacer que mires mi espalda mientras me voy, perdón.

Bien. Definitivamente, Jorge no estaba esperando eso. Sonrió apacible y acarició la cabeza de una que siempre adoró llamar su chica, pero a la que nunca había visto tan destrozada como ahora parecía. Tal vez ella había madurado.

—Está bien —dijo Jorge llegando hasta el suelo donde cayó la chica cuando comenzó a llorar descontroladamente—. Eras una mocosa idiota, éramos mocosos. Ahora lo sé y lo entiendo.

Thalía repitió su disculpa por un rato más, mientras no se contenía de sacar en lágrimas todo lo que a su pecho ahogaba. Jorge se sentó a su lado, acariciando la cabeza, espalda y brazo de la chica.

»¿Terminaste? —preguntó Jorge con una expresión casi divertida unos minutos después. Thalía asintió y sonrió mucho más apagada que las veces anteriores. De verdad que su sonrisa era extraña, confusa, casi dolorosa—. Entonces vamos —pidió el ojiazul decidiendo no perderse en cuestionamientos, decidido a hacer de esta la mejor cita para que ella desistiera de que fuera la última vez.

—¿Quieres saber qué deseo pedí en esa fuente? —preguntó Thalía cuando llegaron a la plaza principal, esa donde había una fuente que, según rumores, concedía deseos a cambio de una moneda.

—Quiero —admitió Jorge abrazando a la chica por la espalda, perdiéndose de sus lágrimas pero no de su tembloroso estado.

—Que estuvieras siempre conmigo —dijo ella con la voz entrecortada, ahogada de nuevo.

—¿Vas a llorar todo el día? —cuestionó el joven—. Terminarás en serio cansada, de ser así.

—Es doloroso recordar, y es más doloroso darme cuenta todo lo que tiré a la basura por idiota y caprichosa… además duele que sea la última vez.

Los sollozos de la chica fueron acallados, momentáneamente, por una propuesta de parte de él, pero luego de eso se intensificaron y prolongaron.

—Tal vez deberíamos hacer una próxima vez —dijo él en medio de una sonrisa que le caló en el alma a ella.

—¿Deberíamos? —preguntó antes de volver a llorar amargamente—. De verdad, perdón.

»Dime qué te gustaba de mí —pidió la chica un rato después, mientras caminaban por una vereda que los llevaba al invernadero del colegio, ese en que pasaron horas cuidando o destrozando el espacio.

—Todo —dijo él y ella sonrió llamándolo mentiroso—. Es en serio —insistió él—. Amaba todo de ti, incluso tu caprichoso carácter. Amaba como explotabas y mandabas todo al diablo, y como al día siguiente hacías como si nada pasara e intentabas de nuevo. Amaba tu sonrisa y tu ceño fruncido, amaba como reías y cuando gritabas, también amaba verte serena. Amaba todo de ti, toda tú me gustabas.

Los labios de Thalía se extendieron a lo largo de su cara, y sus dientes se clavaron en su labio inferior mientras sus fosas nasales se contraían y sus ojos se aguaban.

—Qué chillona vienes —renegó Jorge acariciando las ardidas mejillas de la chica para deshacerse de las lágrimas—. Olvidemos que vinimos aquí como la última vez, hagamos como si fuera la primera.

—No —dijo Thalía haciendo un esfuerzo sobrehumano por serenarse, y lográndolo—. Hagamos una primera vez después, si se puede. Esta es la última vez, ¿sí?

—Como usted quiera, su majestad —dijo el joven haciendo una reverencia antes de abrir la puerta de ese lugar que más bien fue su santuario.

Thalía sonrió complacida. Él recordaba hasta sus pequeñas tontadas, le creía en serio que todo de sí él amaba. Y así pasaron mucho tiempo, recordando cosas que hicieron y amaron hacer.

—Me gustan las gardenias —dijo ella de pronto, dando una respuesta que siempre le negó.

En el pasado, mientras estaban en esa relación más de impaciencia que de amor, ella siempre se negó a decir el tipo de flores que le gustaban. Ella estaba en la creencia que las flores eran para los muertos, por eso nunca se decidió a gustar de una flor o a mencionarla, pero hacía un par de años que el olor de las gardenias se le había clavado en el alma, además esas flores eran bonitas a la vista, definitivamente le gustaban,

—¿Qué más te gusta? —preguntó el joven mirando su delicada espalda mientras ella recorría con los dedos un montón de plantas y flores.

—Me gusta el chocolate —dijo—, y el aroma de la canela. Me gusta el río que divide nuestras colonias, también la noche, siempre, aun cuando no hay luna o cuando está estrellado, me gusta cuando está lloviendo o relampagueando, el cielo oscuro me gusta. Me gustan las papas fritas y el pie de queso, también el pie de limón. Me gusta sentir el viento y la sensación de abrigarme cuando hace frío… me gustas tú, creo que en todo el mundo eres lo que más me gusta.

Jorge sonrió ante la apenada declaración de esa que también le gustaba.

—¿Por qué me dejaste? —preguntó el joven de veintiséis años ahora.

—Era una mocosa inmadura e idiota —dijo ella en medio de una fugaz sonrisa—. Te hice daño sin saber cuánto nos dolerían mis estupideces. Estos fueron dos años difíciles.

—Ya no eres una mocosa, eso se nota, la pregunta aquí es… ¿maduraste?

Una juguetona pregunta hizo reír a dos. Luego ambos suspiraron.

—Quien sabe —dijo ella y sonrió de nuevo.

Jorge dejó la banca desde donde estuvo mirando a la chica y caminó hacia ella con toda la intención de atraparla para siempre a él. Thalía sintió un escalofrío y tragó un grueso de saliva mezclado con el asqueroso sabor de la culpa. Lo que estaba haciendo era lo peor que le había hecho, aún peor que haberlo dejado porque quería dañarlo.

Sí, dos años atrás, después de escucharle decir que nunca sería más feliz que en ese momento, se enfureció y decidió dejarle como su último momento juntos su más grande felicidad. Era una idiotez, ahora lo sabía, pero en ese momento le molestó que él sugiriera que ella no le podía dar más felicidad.

Ahora de nuevo estaban juntos, y era por mero capricho de ella. No debía hacerle esto, no debía darle alas, pero ella quería validar su vida, y gran parte de su vida había sido con él.

—No me vuelvas a dejar —pidió el rubio cuando al fin la tuvo entre sus brazos.

Las manos de Thalía se hicieron puños en su espalda, dejando atrapada entre ellos parte de la chaqueta que el joven llevaba.

—La próxima vez que te deje será cuando me muera —prometió la chica empapada en llanto, y Jorge al fin lloró. Esa promesa lo alentaba a una vida llena de felicidad, de esa que solo ella le podía dar.

—¿Qué tan cansada estás? —preguntó él deshaciendo el abrazo—. Vamos a cenar y luego pasemos la noche en algún lugar, jadeando como si hubiéramos subido al mirador.

Thalía sonrió ante la proposición, pero ella no soportaría algo que la hiciera jadear de tal manera.

—Hemos caminado todo el día —recordó la chica—. Estoy tan cansada que puede que mañana no despierte.

—Entonces, ¿cenamos? —cuestionó el chico y ella negó con la cabeza.

—Lo siento, creo que solo me restan energías para llegar a casa.

—Está bien. Igual mamá quería cenar conmigo —informó el joven y besó el dorso de la mano de ella. Ella sonrió.

Tomados de la mano caminaron de nuevo, él la dejó en la puerta de su casa y ella le despidió con una hermosa sonrisa después del beso que él plantó en su frente. Entonces él caminó feliz, seguro de haber recuperado mucho de lo que años atrás sintió perdido, en al menos hoy habían sido muchos de sus recuerdos.

Cuando llegó a casa su madre le abrazó y besó tanto como cada que volvía lo hacía. Hacía año y medio que él había dejado su pueblo natal, buscando un mejor futuro, uno donde la chica que le rompió el alma no figuraba.

—Tal vez vuelva a vivir aquí —dijo Jorge a su madre terminando de cenar. Su madre le miró asombrada, terminando por sonreír complacida. Su hijo cerca en serio le encantaba.

—Si vas a vivir acá te contaré algunas cosas que han ocurrido, para que no te tome desprevenido —dijo la mujer dejando que su hijo llevara los platos del comedor al fregador—. Thalía, tu exnovia, tiene una enfermedad mortal, y está en etapa terminal.

El crujir de la vajilla estampándose en el piso no fue nada comparada con la horrorizada expresión del joven.

—¿Qué? —preguntó el rubio con el sofoco en el pecho—, ¿qué dijiste, mamá?

—Lo siento, cariño. Pero sé cuánto aún la amas, por eso te lo digo. Ve a verla antes de que muera, y perdónala por todo el daño que te hizo.  

Los pies de Jorge no esperaron por otra sugerencia, corrieron hasta la última para que hizo antes de volver a casa. Allí encontró a una, que fue también su familia, llorando.

Luisa miró al agitado y desordenado joven en la puerta, entonces negó con la cabeza y miró hacia la sala. Jorge trastabilló, sus ojos no le permitían ver un camino que poco recordaba, pero se libró de la neblina cuando sus lágrimas cayeron al ver a los que fueron sus suegros abrazando el cuerpo sin vida de su muy amada Thalía.

—Estaba feliz —dijo llegando hasta ella—, dijiste que después de hoy haríamos una nueva primera vez… estaba feliz de que dijeras que no me dejarías hasta que murieras… yo no sabía que morirías… no lo sabía… no sabía…

Las dolorosas palabras del joven, que se ahogaban en su doloroso llanto, hicieron llorar más a los que como él perdían.

—Ella también estaba feliz —dijo Saira, la buena madre de Thalía y Luisa—. Estaba tan feliz de saber que venías a verla que todo el día sonreía. Hoy, cuando volvió, su sonrisa era tan plena que no me arrepiento de haberla dejado ir a pasar el día contigo hasta volver exhausta, ella se veía tan complacida que no arrepiento que su último día fuera tuyo y no nuestro… no me arrepiento.

Las rodillas de Jorge fallaron, su cuerpo se fue al piso y lloró hincado frente a una que ya no estaba. Luego, tras un par de horas envuelto en su pena, se levantó y caminó hasta el único lugar de donde a esa hora podría conseguir unas gardenias, el invernadero de su antigua escuela.

Jorge hizo un ramo de las olorosas flores, y lloró recordando que ella siempre dijo que las flores eran para los muertos; luego de eso recorrió su día a la inversa, para terminar sobre el puente que a ella tanto miedo le daba, y recordó las palabras que ella dijo mientras corrían sobre el puente:

“Me alegra mucho que hicieras una vida donde nunca estuve yo”

Ahora también le parecía bueno, también agradecía tener una vida en un lugar que ella nunca pisó.


—Adiós, amor mío —dijo y tiró las flores que a ella le gustaban en ese río que también le gustaba, rodeado del cielo oscuro que ella adoraba. Luego de llorar por horas volvió a su casa, a su nueva ciudad y a una vida donde, aunque ella no pisó, su ausencia también dolía. 


Estaba con ganas de escribir algo que hiciera llorar y, al menos a mí, esto sí me hizo llorar. Gracias por pasarse por acá. Un abrazo enorme para ti que llegaste aquí quizá por casualidad. 

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2 comentarios

  1. Ya lo dije y lo repito, me has sacado lágrimas con este relato. Dulce y desgarrador. Felicidades por haber escrito algo tan tierno.
    Me lo llevo para compartirlo.
    Un abrazo.

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    1. Me alegra que te gustara, gracias por compartir. Besos!!!

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Gracias por pasar a leer. ¡Saludos!