LO QUE CUBRE EL SILENCIO Parte 2

Descripción

—Beloved—


—Era su tiempo —dijo mi suegra, intentando inútilmente darme consuelo.

—¡No lo era! —grité furiosa—. Se supone que la operación era para tener más tiempo, después de la operación él estaría bien y envejeceríamos juntos, tocando el piano como lo hemos hecho siempre, juntos.

—Tienes que tranquilizarte —pidió la mujer—. La operación era una apuesta, podía salir bien o no. Le estábamos tirando a un milagro —señaló una que también se desmoronaba, pero que tenía mucho más temple que yo.

—¿Y por qué no pasó ese milagro? —cuestioné rabiosa—. Él era mi esposo, era joven, ¿por qué no pasó ese milagro?, ¿por qué no sobrevivió?

—Te lo dije —señaló la señora Dalia—. Este era su tiempo.

—¿Entonces está bien? —pregunté— ¿está bien que él esté muerto?, ¿está bien que me haya dejado sola y destrozada?

—No creo que esa fuera su intención —aseguró una mujer demasiado calmada para ser la madre del hombre que recién había muerto.

—No puedo entenderlo —señalé, volviendo a ese estado de desaliento que siempre, cuando dejaba su habitación en el hospital, me invadía y me tiraba a un infierno ya acostumbrado a recibirme—. ¿Por qué pasó todo esto?, ¿por qué él tuvo que pasar por todo lo que pasó?, ¿por qué tanto sufrimiento y tanta pena?, ¿por qué tuvo que morir y por qué yo debo pasar por todo esto ahora?

—Es el precio del amor —indicó el padre de mi esposo—. Por todo el amor que nos dio y le tenemos.
—Desearía no haberlo amado tanto —dije y volví a llorar, sin poder despegar las rodillas del piso, hundiéndome de a poco en un infierno mucho más terrorífico y doloroso que ese en el que había pasado los últimos meses de mi vida.

—Es el deber de los vivos —dijo mi suegra—, sonreír en agradecimiento de los buenos momentos vividos con quien ya no está. Por eso no llores, a él no le gustaría saber que terminaste de esta forma, no es lo que hubiera querido.

—Pues si no quería que yo terminara de esta manera él no debió proponerme matrimonio —dije envuelta en rabia, segura de que siendo solo su amiga no sufriría tanto como ahora que perdía a mi esposo.

No lo entendía bien, me sentía tan atropellada que no podía ver con claridad quien era el responsable de tal injusticia. Quizá por eso estaba enojada con todo el mundo. Odiaba a cada persona que pasaba cerca de mí justo ahora: a los médicos, por permitir que el muriera; a los padres de Tavo, por tener un hijo destinado a morir; a él, por no ser capaz de darse cuenta que las cosas iban mal consigo mismo; y a mí, por haberme enamorado de una persona que podía perder. Aunque ninguno de nosotros tuviéramos culpa de nada.

—No te arrepientas de su vida juntos —pidió mi suegra, pero yo estaba segura qué, de no haber tenido esa vida juntos, hoy no estaría sufriendo de esta manera. Pueden llamarme egoísta, si quieren, pero yo era ese tipo de persona, de las que prefieren no tener nada si cabe la mínima posibilidad de perderlo.

Pero yo nunca vi que podía perderlo a él, esperaba morir antes que él para no tener que verlo partir. Y ahora no solo lo veía partir, sino que lo extrañaría por muchos más años de los que me gustaría extrañar a alguien.

No quise hacerme cargo del sepelio, pero debí haberlo hecho. Aunque no tenía la cabeza para organizar nada en ese momento, justo ahora no tenía el corazón para soportar las ocurrencias de mi suegra.

Un piano cerca de la urna de mi esposo era la peor idea del mundo. Ella dijo que estaba bien, que despedir a uno de los grandes de la música con música era el homenaje adecuado. Pero, si despedir a alguien que amas ya es triste, con música es desgarrante.

No lo soporté, en cuanto vi a alguien acercarse al piano sentí ese hueco en el estómago intentando tragarse mis entrañas y corazón; cuando sus dedos acariciaron las teclas perdí la capacidad de respirar, y al sonido de la primera nota no pude detener mis piernas, que me obligaron a salir huyendo del lugar más doloroso del mundo, el sepelio de mi esposo.

Abandoné la sala de velación, llegando hasta el rincón más lejano de ese cementerio donde, para siempre, descansarían las cenizas de la que un día fue la vida más preciada que yo tenía; y, sofocada, quizá por haber corrido, o quizá por el llanto que me ahogaba, caí de rodillas, sosteniéndome de uno de esos tantos árboles resguardando el lugar más pacífico y doloroso del mundo entero.

Mi rostro se sentía pesado, mi garganta y pecho dolían demasiado, mis hombros parecían cargar un peso que no podía soportar, mientras mi estómago se revolvía en dolorosos sentimientos. Lloré como hacía días lo había estado haciendo, pero mucho más descontrolada que antes, tan descontrolada que parecía jamás podría dejar de llorar.

Mis sollozos eran claros, y fuertes, pero los quejidos me atragantaban. Mi garganta estaba siendo desgarrada por todo lo que quería salir: gritos de dolor, reclamos de injusticia, súplicas al cielo para cambiar las cosas. No importaba el trato, pactaría con quien fuera con tal de dejar de sufrir. Le daría mi vida a Dios a cambio de la de él, o le entregaría mi alma al diablo con tal de recuperarlo. Pero en mi lamentable estado no podía pedir nada, solo suplicaba internamente con dejar de sufrir, aceptaría la forma que fuera, tranquilizarme o morir.

La ayuda llegó de la nada, una mano tocando mi espalda detuvo todo, mi llanto, mi respiración, incluso el latido de mi corazón. Y luego de eso lloré de nuevo, pero sin sentir que la vida me era arrancada en cada suspiro.

—¿Quieres ir a tu casa? —preguntó Álvaro, el hermano de mi esposo, y un gran amigo.

Negué con la cabeza, no tenía ninguna intención de pisar una casa que siempre nos vio juntos, y que ahora tenía que habitar sola.

»¿Puedes soportar volver a la sala de velación? —cuestionó ayudándome a poner en pie.

—No si ese piano sigue sonando —dije tan claro como mi ahogado llanto me permitía, y eso era casi inentendible.


—Lo lamento —dijo Álvaro. Le creí, sobre todo cuando su cuerpo temblando se aferró a mi deplorable figura. Entonces de nuevo lloré, pero esta vez no sola. Lloré acompañada por alguien que creció con nosotros y que, a partir de ahora, igual que yo, debía vivir sin él. 

Comentarios

  1. Justo pensaba el otro día que me gustaría que el día que muriera me velaran con música (pero alegre y de la radio, estilo lista de youtube, no de piano). Qué triste para la protagonista, pobrecita. Aunque ese abrazo final me ha encendido la mente cochina con el hermano del muerto. Pobres todos, pobre mi cerebro también por andar imaginando esas cosas en medio de algo tan serio xD
    Buen segundo capítulo.
    ¡Besos!

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    1. No pienses cochinadas o.o
      No hay manera de vivir la muerte de un ser amado de manera alegre TnT
      Pobre de la protagonista, y de mí, escribo moqueando.
      Gracias por leer. Besos, hermosa!!!

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  2. El hermano lo planeó todo desde el principio.

    OK, no lol.

    Te ha quedado un capítulo muy real, debo decir. Transmites bien los sentimientos de la protagonista... y ella me genera sentimientos encontrados x:. Por un lado, veo cuánto está sufriendo y, como todos los personajes hasta el momento, lo siento por ella xD. Pero por otro, aunque es entendible, no dejo de pensar en lo insensible y pesada que está siendo con los familiares de Tavo, que están sufriendo la misma pérdida.

    La madre parece ser una mujer fuertísima o.o. Y toda la familia es un encanto, en realidad. Yo no le tendría tanta paciencia a la pobre mujer xD.

    C: ¡Buen capítulo! Sólo decir que tengas cuidado con el "dijismo" en los diálogos. xD Tampoco para llenar el texto de sinónimos rebuscados de "dijo", pero siempre se puede encontrar un equilibrio. O ignorar el verbo de habla, incluso O:.

    En fin. Nos leemos~.

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    1. Que las teorías conspiradoras no se hagan esperar. ¡Transmitir sentimientos es lo mío! No es con afán de disculparla, aunque quizá si, un poco, pero no hay manera de que ella vea por los otros, cuando ni siquiera puede consigo misma. Espero que logres entenderla un poco más en el próximo capítulo. Y no concuerdo contigo en que están sufriendo la misma pérdida, todos perdieron algo diferente, y no hay punto de comparación entre el dolor de perder a un hijo o perder a un esposo. Debe ser mucho más doloroso lo primero.
      La señora es admirable, y tiene sus razones, serán develadas pronto. Gracias por leer, tendré en cuenta lo del dijismo. No noté que se repetía mucho, pero bueno, esta historia está más escrita con el corazón que con la cabeza. Igual intentaré aterrizarme en la revisión.
      Saludos.

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