LO QUE CUBRE EL SILENCIO Parte 1

Descripción de la historia

—Wait there—



—Es un tumor cerebral —indicó el médico mientras señalaba a la radiografía en la pantalla luminosa de su consultorio—. Está instauradO en el lóbulo frontal, y está presionando la corteza premotora, por eso no puede controlar sus movimientos.


—¿Qué tan malo es? —preguntó Tavo, mientras presionaba con un poco de fuerza mi mano que sostenía.

—Bueno —dijo el hombre de bata—, tendríamos que hacer algunos estudios más pero, por la velocidad en que han progresados los síntomas, diría que bastante malo.

“Bastante malo” dijo él. Eso sonaba alarmante, y aun así no creía yo que alcanzara a describir la condición médica de mi esposo.

—¿Es operable? —preguntó Octavio con la voz ronca, y el hueco en mi estómago se hizo más grande cuando el médico dio la respuesta.

—Probablemente, pero sería riesgoso. Primero necesito conocer la condición exacta, hagamos los estudios —pidió y mi marido asintió.

Después de recibir la cita para los nuevos estudios, Tavo y yo caminamos a casa, aunque más bien parecía que él me arrastraba. Mis fuerzas eran casi nulas, me costaba caminar.

—Voy a estar bien —aseguró con una sonrisa cuando entramos a nuestro hogar—. Soy un hombre fuerte, y tu esposo, te sobreviví a ti, un tumor no me asusta.

—Yo estoy muy asustada —informé entrecortado, con los labios temblorosos y los ojos llenos de lágrimas.

Los síntomas no tenían tan poco tiempo en realidad, pero pensamos que era cansancio y despistes todos esos accidentes que protagonizaba mi marido, hasta que, mientras caminaba, sin chocar con nada, cayó al suelo y no logró levantarse de nuevo por algunos minutos.

—Voy a estar bien —prometió besando mis manos, sonriendo tan hermosamente que me costó trabajo no sonreír también.

*

Mis dedos seguían acariciando las teclas del piano, y mis ojos no se apartaban de la puerta de entrada al auditorio donde me presentaba. Seguía esperando que él llegara, había prometido que estaría aquí. Dos días antes habíamos firmado el permiso para que asistiera a la presentación, dijo que llegaría tarde, ese día le harían más estudios para la operación que se aproximaba, pero seguía sin aparecer.

Busqué con la mirada a Miriam, mi mejor amiga, y la vi sonreírme con un poco de pesar. Segundos antes también había estado mirando a la puerta, aguardando a quien se supone ocuparía el lugar vacío contiguo a ella. Sonreí, y volví la mirada al piano mientras continuaba dejando que mis dedos marcaran las notas que el público quería escuchar.

De pronto la iluminación del auditorio cambió, la puerta se había abierto y sentí mi corazón detenerse cuando me encontré a Miriam colgada de la manija de la puerta mientras miraba con asombro el celular en su otra mano.

Mis manos temblaron mientras mi corazón se despedazaba, y mis dedos que vacilaban no atinaron ninguna nota más. Mi mejor amiga, llorando al teléfono, solo podía significar una cosa, y esa cosa me estaba matando.

El barullo de las personas desapareció, no les interesaba conjeturar la razón de que la favorita a ganar ese concurso de piano fallara una a una todas las notas, ellos sólo pretendían no perder detalle de mí y enterarse de a dónde iba después de dejar el piano.

—Lo lamento —susurró Miriam, sin dejar de llorar, aferrando su teléfono celular a su cuerpo, como si supiera que, al soltarlo, caería en ese vacío y frío pozo al que caía yo—. Lo lamento —dijo de nuevo, y mi rostro se empapó en un doloroso llanto que intentaba sacar todos los sentimientos que yo estaba cargando.

Negué con la cabeza, negué con mucha fuerza. No quería creerlo, no podía aceptarlo. Debía desmentirlo, así que corrí hasta el estacionamiento para llegar a mi coche y dirigirme al hospital donde, aparentemente, mi amigo de la infancia, mi mejor amigo de toda la vida, mi cómplice de aventuras, mi compañero musical y amado esposo, yacía muerto.

El camino fue un infierno, parecía tan largo que temí no poder llegar nunca. Aunque eso me daba un poco de seguridad, así no confirmaría eso que sabía en serio me mataría.

A unas calles del hospital el tráfico se hizo pesado, impidiéndome avanzar, por eso dejé el auto allí, a mitad de una caótica avenida, encendido y obstruyendo el paso, aunque no hubiese paso en realidad.

Corrí escuchando pitidos de algunas personas desesperadas, ansiosas de salir del caluroso y aburrido camino, ansiosas por llegar a sus casas y descansar, ansiosas por ver a su familia o tal vez la televisión, por alcanzar todas esas cosas banales que quizá también querría si no estuviera en la situación que me encontraba.

Llegué al hospital, jadeando, sintiendo como mi alma pretendía escapar de mi cuerpo sin lograr más que adolecerme. Corrí a la habitación donde se supone debería estar mi esposo, pero él no estaba allí. Me quedé helada, no podía pensar en nada, así que no sabía a donde debía ir. Pero no necesité moverme del lugar, mi suegro apareció en la entrada de la habitación con su teléfono en la mano.

—Creí que te tomaría más tiempo llegar —dijo con la voz entrecortada—. Miriam dijo que saliste disparada, no le diste tiempo de venir contigo.

—¿Qué pasó? —pregunté ansiosa, llorosa, dolorida y agobiada.

—Estaban realizando los estudios, sus pulmones y corazón dejaron de funcionar correctamente, tuvo un paro cardiaco y un respiratorio al mismo tiempo, no podían esperar más, el tumor ha crecido demasiado, necesitaba ser removido inmediatamente, así que entró al quirófano y… no resistió.

“No resistió” dos increíbles palabras, dos pequeñas palabras, dos palabras que ni siquiera alcanzaban un significado por sí mismas al estar solas, estaban desgarrando mi corazón.

—Ese no era el plan —musité dejándome caer en esa cama ahora vacía, una cama que mi esposo había utilizado cerca de tres meses—. Hoy se harían los estudios y luego iría a verme al recital, la operación sería en dos o tres semanas y, luego de la recuperación, tendríamos una vida normal y feliz… ese era el plan.

—Lo lamento —dijo el señor Octavio, adentrándose en la habitación, acercándose a mí para darme un abrazo que me diera consuelo. Pero yo no necesitaba consuelo, yo necesitaba a mi esposo, y él estaba muerto.

Comentarios

  1. Es un comienzo intenso, me gusta cómo lo has narrado. Pobre Octavio y pobre de ella. Me quedé con la sensación del ohhhh... esperando a que ella no lo encontrara porque se habían equivocado de paciente o algo xD
    Espero ver cómo continúa.
    ¡Besos!

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    1. Ojalá hubiera pasado así, pero de esa forma no podriamos desgarrarnos xD
      Mejor suframos... Gracias por leer. Besos!!!

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  2. ¡Hola!

    Concuerdo con Cyn: un comienzo intenso, definitivamente llama a leer más. ¡Me encantó cómo terminaste el capítulo! Una frase potente que cierra de maravilla esta primera parte.

    Así dan ganas de seguir leyendo ♥. :C Qué le deparará a esta pobre mujer... el duelo nunca es fácil u-u. XD Pareces comprometida con hacer sufrir a tus lectores.

    ;) Así es como debe ser.

    ¡Nos leemos!

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    1. El duelo es la cosa más complicada del mundo, y la más dolorosa. Me gusta que te gustara. Su sufrimiento alimenta mi alma escritora xD Saludos!

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